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30 años de amor a la pelota

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30 años de amor a la pelota. EFE/Archivo

30 años de amor a la pelota

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30 años han pasado desde que Iker Casillas pusiese un pie en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid hasta este martes, cuando anunció su retirada definitiva de los terrenos de juego.

Iker Casillas deja el fútbol a los 39 años. Llegó a los 9 años a la antigua Ciudad Deportiva. Y desde aquel famoso torneo social comenzó a grabarse a fuego el escudo del club. Iker es muy hincha del Madrid. Y muy fanático de la Selección Española.

El Iker del 2020 es una persona distinta a aquel joven que coleccionaba títulos europeos y mundiales. Sigue siendo el tío majo de siempre. La sencillez y su naturalidad marcaron su vida. Su vida normal, de comer y jugar la partida, su afán por ayudar al prójimo le ayudaron a configurar una personalidad definida. Amigo de sus amigos. El Iker de ahora, padre de familia, es un tipo en plena madurez, reflexivo, con un discurso pausado, con empaque. Un ejecutivo nuevo para el fútbol, listo para impartir doctrina y aportar su talento a las generaciones emergentes.

Pasó su juventud con aquella frase que patentó en el vestuario. "¡Qué pasa máquina!" era su forma de saludar, de hacerte sentirte cómodo, de integrarte en su hábitat. Su jerga de chaval consensuó el mapa de España en unos tiempos difíciles para la unidad del país. Iker fue capaz de vertebrar la España invertebrada que definió Ortega y Gasset en 1921.

A través del fútbol tendió puentes. Unió voluntades. Su amistad con un futbolista catalán del FC Barcelona como Xavi apagó fuegos, echó agua al barullo y desde el liderazgo compartido, que define Vicente del Bosque, con el propio Xavi, Puyol y Fernando Torres, construyeron una cooperativa indestructible que dio el primer Mundial a España.

El país entero se echó a la calle. Norte, sur, este y oeste. La Selección lo celebró a lo grande. Vio como Xavi, unido a él desde la Selección Sub 20, puso en valor el carro de Manolo Escobar. Y se ganó el corazón de todos los españoles.

Iker Casillas es un grande del fútbol mundial. El Real Madrid juntaba de vez en cuando a todos los porteros del club, de niños a juveniles a unas charlas que lideraba Iker en las aulas de Valdebebas. Era el día más feliz para unos niños, que como él, tenían sueños de fútbol. Han pasado 30 años de aquella primera camiseta Hummel que lucía en aquellos primeros campos buenos, incluso de hierba. Levantó Ligas y Copas de Europa con el Madrid.

Fabio Cannavaro fue su compañero de bus algunos años. Le dio tanto la paliza sobre su amor por la Selección Italiana, que Iker tomó nota, aprendió rápido y levantó su Copa del mundo. Cannavaro alzó el título con Italia en 2006 e Iker en 2010. En la final de Johannesburgo, Cannavaro pisó el césped como un moderno gladiador, entró elegante con la Copa guardada en el famoso baúl de Louis Vuitton. La puso en su vitrina. Cannavaro daba el relevo. Y dos horas después, Fabio le dio el testigo a su amigo Iker. Una novela con final feliz.

Un buen día, la vida le dio un susto, jugando y divirtiéndose con su gran pasión por el fútbol en un gran club como el Oporto. Allí encontró nuevos amigos, abrió su segunda casa, y con el apoyo de su gran compañera, Sara Carbonero y sus hijos, afronta ahora su nueva etapa con un relato interesante que está por escribir.

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