El fútbol que cosió las cicatrices de la guerra

Pin Madzukic anotó un gol para la historia. AFP
Madzukic anotó un gol para la historia. AFP

El fútbol que cosió las cicatrices de la guerra

Épica, esplendorosa y legendaria clasificación de Croacia para la final del Mundial. Un tanto de Mandzukic en la prórroga, la tercera seguida, da a un país la alegría de su historia y derrama las lágrimas por Inglaterra. Trippier adelantó tan pronto a los de Southgate que se durmieron en su autocomplacencia.

Son hijos de la guerra. Se les ve en los ojos, en las facciones endurecidas pese a su juventud. Pero, sobre todo, en el bocado a cada balón. Croacia, aún levantándose de la devastación, necesitaba un empujón así. El partido era más que fútbol. Los comercios habían cerrado a las 19:30. Todos, salvo los privilegiados desplazados a Rusia, se concitaron frente a la televisión. Como los que escuchaban las noticias sobre bombardeos en la radio. Esta vez no hubo balas, sino balones. Y dos de ellos se estrellaron contra la red rival. Para abrir un túnel a la historia. Del fútbol y del país.   

La Croacia del 98, la del fino perfume de Boban y el cañón de Suker, fue la primera en disputar un Mundial tras la independencia. Pero solo habían pasado seis años. El país aún sudaba sobre una piel yugoslava, indefinida. Esta es la auténtica heredera de una nación rehecha y con trazas claras de identidad. Ahora hay nuevos héroes. Los que sometieron a Inglaterra y ya están en la final de Rusia. 

Bajo la batuta de Modric, que cada vez se está tiñendo más de oro y haciendo dudar a los responsables de 'France Football'. Con el equilibrio de Rakitic, capaz de tirar un sombrero en el área rival y de rodar por la propia para evitar un disparo. Y con el alma de Mandzukic, hecha de todas las cicatrices croatas en los Balcanes.  

La foto de la conquista es la de un soldado tirado a las gradas, celebrando ese oportuno tanto en el ya eterno minuto 109. Pero el gol realmente había nacido en el minidescanso de la prórroga. 

En ese momento, Dalic hablaba con Kovacic. Mandzukic, quien se había jugado el tipo para marcar pero Pickford había despejado la bola y aterrizado en su rodilla, le hizo un gesto marcial. "No me cambias". El seleccionador obedeció. Estaba cojo. Pero el capitán quería morir con sus compañeros en el campo. No, no murió. Ganó la guerra. 

Cuatro minutos después, Perisic, el MVP de la final, una década en las grandes ligas pero sin sitio en el gran escaparte del fútbol, ejerció de perfecto lugarteniente. Un tipo incansable, bravo, indómito. Subió al cielo, más alto que las murallas de Dubrovnik, para peinar la bola y porfiar un imposible. Tras esa palabra vive escondido siempre Mandzukic. Surgió, apuntó, marcó. El gol del cojo. El gol del gran capitán. 

Lo perdió Inglaterra 

Tocaba el cielo el equipo que había estado en la lona. Porque Trippier, en otro guiño a Beckham, había dado un bofetón muy doloroso a los cinco minutos. Marcó un buen tanto de falta que le recordó a Croacia sus canas y arrugas en semifinales; de pronto, la fatiga de las dos prórrogas se mudó a sus corazones y sus gemelos. 

Tan cómodo se puso el partido para los de Southgate que miraron más el reloj que la yugular del rival. Gloria a uno los pocos seleccionadores ingleses que en los últimos tiempos ha recordado que el fútbol se inventó en su patria. Pero su equipo acabó como su chaleco: en su sitio, sin arrugarse y sin estar sudado. La autocomplacencia es pecado mortal ante quien sabe morir matando. 

No fue hasta la segunda mitad cuando los de Dalic entendieron que tenían una vida extra. Quién si no, Perisic, devolvió las tablas y el latido. Vrsaljko, que estuvo despistado la mayor parte de la noche, evitó un gol bajo palos en la prórroga y trazó una asistencia intachable al jugador del Inter. Todo con una rodilla infiltrada. Increíble el arrojo de Perisic, que solo cuatro minutos después se topó con la madera. 

Media hora más de emoción

Así que el fútbol, que no entiende de justicia, tiró de matemáticas para canjear una parte para cada uno por una prórroga. La tercera seguida de los croatas, un ejército espartano con cortedad de fondo de armario. Que Dalic no hubiera hecho un cambio en 90 minutos sonaba a eso. También a honores para sus soldados predilectos, los que habían puesto al país al borde la gloria.  

Porque Croacia llegaba el 'win or go home' habiendo mostrado sus dos grandes rasgos de identidad, la finura mostrada en la fase de grupos y la casta de las eliminatorias. Inglaterra aún no se creía cómo se le habían ido 45 minutos ni cómo habían llegado vivos al tiempo extra. 

Croacia ganó una batalla épica. Francia se frota las manos pensando en la guerra final. Los de Deschamps apenas se han manchado el uniforme. A saber cuánto aire queda en los pulmones croatas. En su corazón, eso sí, va un cargamento de vida, el del país entero que les respalda y les reza. 

José L. Malo

José L. Malo

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