Luis Enrique convierte al PSG en el campeón total
Ser campeón en un deporte en el que no siempre gana el mejor puede ocurrir. Ser bicampeón, de manera consecutiva y en la mejor competición de clubes, implica un mérito incuestionable, de titanio. Supone salir de muchos barros y esquivar bastantes trampas. Ser el enemigo de todos. No fue el PSG que ganó al Inter el año pasado por acoso y derribo, fue el PSG que supo salir del laberinto en el que le había empujado el Arsenal, y del cual no salió hasta el decimosegundo penalti de la tanda. Pero siempre el PSG que creyó en su método para ir a por todo y a por todos. El PSG que en las eliminatorias tuvo los cruces más complicados. Y el PSG que tiene a Luis Enrique como constructor de un imperio que deportivamente es comparable al napoleónico.
El asturiano, en su caso con tres títulos ya, lo sabía cuando lo hizo por primera vez y en este curso fue tirando miguitas para recordarnos su convencimiento en que podían repetirlo. Y así lo siguió creyendo cuando Havertz, a los 6 minutos, llevó al electrónico del Puskas Arena el plan de partido perfecto que había soñado en sus pizarras Mikel Arteta. Cuando corría el reloj y el planteamiento férreo de los londinenses hacía temer lo peor. No perdió los nervios. No hizo cambios diferentes. Les recordó a los suyos que haciéndolo como siempre podrían ganar. Y lo hicieron.
Fue Kvaratskhelia, quien ejemplifica a la perfección esa triple vertiente de la que ha dotado a los suyos, calidad, derroche y hambre, quien inició el rescate. Una pared la única vez que pudo escaparse de tanta cárcel 'gunner' acabó en penalti estrepitoso de Mosquera. Dembélé, en su versión de los días desesperantes en el Camp Nou, lo transformó con aplomo.

El Arsenal, incomodísimo y desesperando con las pérdidas de tiempo, había desactivado al PSG a base de ladridos y bocados, pero no le había rematado. Nunca más chutó entre los tres palos. El PSG revivió y besó el poste, pero, especialmente, volvió a creer. Entonces, el cansancio, la tensión y el calor supusieron un cóctel explosivo en la segunda mitad que fue desactivando piezas vitales en ambos, Kvaratskhelia, Havertz, Dembélé, Fabián, Vitinha, Lewis-Skelly, y encumbrando a superhombres: Joao Neves, Declan Rice, Doué, Piero Hincapié aún cojísimo con Arteta ya sin cambios para ir abriendo el abanico de las sorpresas y, a la vez, acercando el desenlace de los penaltis.
En días como este cabe cuestionarse si es acertada la expresión de que los penaltis son una lotería. Porque soportar la tensión, demostrar entereza, tener a tipos con sangre fría en una suerte que es igual para lanzadores y porteros de ambos equipos, la psicología aplicada en un momento en que el mundo se para… son virtudes que trazan una línea entre los campeones y los que se quedan aplaudiéndole.
El PSG no necesitó a Safonov, le habría bastado con un espantapájaros bajo palos. Al Arsenal le sobraron artificios y prestidigitación en los golpeos. Eze llegó agotado al golpeo con tanta parafernalia previa de paradas, amagos y carrerillas que querían engañar a Safonov y acabaron despistándole a él; a Gabriel, en el fallo decisivo, le ocurrió algo similar.
Así que el Arsenal, invicto en la competición hasta el último día, se fue a casa sin la ansiada 'Orejona'. Para que los hijos de los Invencibles fueran también eternos. Pero la gloria fue más grande para la dinastía que ha montado Luis Enrique, el verdadero artífice de esta máquina que nadie sabe desactivar en la Champions.


-El Arsenal ahogó: en la primera mitad, el PSG solo completó dos regates y únicamente disfrutó en un centro-chut. Los 'gunners' adelantaron línea de presión y asfixiaron a su rival aun cuando le empujó a bloque bajo.
-Un tiro a puerta que cambió el guion: solo una vez disparó entre los tres palos el cuadro 'gunner' en 120 minutos y acabó dentro. Y a los seis minutos, algo que reforzó su plan de partido.
-Primero lanzó el PSG: los estudios demuestran que el que comienza chutando en las tandas de penaltis suele ser el ganador y e Budapest sumaron una muesca más.


-Cristhian Mosquera: si completó una gran primera mitad, nada más arrancar la segunda vio la amarilla por pérdida de tiempo y cometió el penalti que reenganchó al PSG en la final. Automáticamente fue sustituido. Las dos caras del fútbol.
-Khvicha Kvaratskhelia: es un futbolista absolutamente diferencial. Él rescató a su equipo de las sombras provocando el penalti que permitió el empate y luego estrelló un tiro al palo. De menos a más, pidió el cambio por agotamiento.
-Kai Havertz: interpretó a la perfección su papel en el partido. Jugó muy bien de espaldas, supo leer bien las pocas transiciones ofensivas y sacó en la acción del 1-0 cuando parecía que ya no tenía hueco. Dos finales de Champions, dos goles.
-Joao Neves: tremendo su desempeño físico en el encuentro. Fue creciendo y, cuando el cansancio visitó a casi todos, casi todos los ataques parisinos pasaron por su fe y convencimiento.


Aunque es un árbitro desconcertante y su criterio del segundo tiempo fue diferente al del primero, parece que Daniel Siebert salió bien parado de un choque con varias polémicas en las áreas y un Arsenal con una clara consigna de interrumpir mucho el juego. A la media hora de juego, el alemán entendió bien que Doué se había tirado en una caída dentro del área cuando intentaba regatear. Luego hubo una mano involuntaria de Saka. Castigó las pérdidas de tiempo del Arsenal en los minutos finales de la primera mitad sin dejarle sacar el último córner. Y nada más reanudarse, amonestó a Mosquera por pérdida de tiempo en un saque de banda como nuevo aviso. En la prórroga, el Arsenal se desesperó con una caída de Madueke ante Nuno Mendes que ni el alemán ni el VAR interpretaron como tal. Hubo forcejeo y contacto. Si en directo pareció clarísimo; en las repeticiones esa sensación cambió.


-7 años después, marcaron los dos finalistas: desde el 3-1 del Madrid al Liverpool en la temporada 17-18, uno de los dos siempre se había quedado a cero.
-6 pases intentó Odegaard en la primera mitad: valga el dato para explicar la férrea aplicación defensiva de los ingleses.
-Prórroga y penaltis una década después: no se había llegado a ninguna de esas dos fases extra desde la final madrileña en San Siro.
